ejercicios espirituales en la vida corriente

Este blog va dedicado a compartir mi experiencia durante los Ejercicios Espirituales. No es la primera vez que abordo estos ejercicios y si los inicio nuevamente es sólo porque mi calidad de vida ha mejorado considerablemente por y a partir de ellos.

sábado, septiembre 25, 2004

PRINCIPIO Y FUNDAMENTO (CONT.)

1. Partimos de la fe en un creador bueno. Dios es bueno, infinítamente bueno. Dios quizo compartir su bondad y en un acto de sobreabundancia quizo hacernos partícipes de ella. Nuestro Creador nos creó con una intención de felicidad ("salvarnos"). No nos creó para probarnos, o tentarnos, o hacernos daño y menos aún para sufrir. De hecho, por eso nos duelen y llamamos "malas", esas situaciones negativas: porque van en contra del Plan. El Plan es Vivir el Amor. Por eso es que es en cierto modo circular, porque nos devuelve al Origen.

2. Vale la pena, el esfuerzo, de detenerse mucho en la contemplación de un Dios bueno. Debemos tratar de sentir profundamente, íntimamente, hasta el enamoramiento, el momento feliz de nuestra creación; imaginar el gozo desbordante, la sonrisa plena, de Dios en aquel instante; ver con los ojos internos con cuántos buenos propósitos fuimos creados y revivir, evocar, la experiencia de nuestra hermosa y perfecta concepción. Hagámoslo sin prisa, detengámonos, disfrutémoslo y deleitémonos en en ello.

3. Una vez experimentamos que Dios está en favor nuestro, que no es neutro, que está parcializado hacia nuestro bien damos un paso adicional. Imaginamos cómo luego de crearnos nos rodeó de un mundo igualmente especial y específicamente diseñado para nosotros, para nuestro auxilio en nuestro camino de salvación. Salimos de la bondad, hechos buenos y rodeados de bien. Nuevamente, vale la pena detenerse y observar internamente cuán espléndido es este mundo, este universo y todo lo que hay en él. Esforcémonos por ver y sentir la magnificencia del mundo tanto como conjunto, como en la criatura más pequeña. Descubriremos entonces que vivimos rodeados de bien y que fuimos hechos para ese bien.

4. Estríctamente hablando sólo ese estado original de cosas es real. El El Curso en Milagros puede ayudar mucho a internalizar este concepto. Todo lo ajeno al bien no proviene del Creador.

5. Al usar de las cosas, incluyendo mi propia personalidad y mis dones particulares debo pensar siempre en cuánto me ayudan a reflejar el amor de Dios. Es decir, debo identificar si mis actos añaden amor al mundo, si efectivamente contribuyen a "alabar, reverenciar y traer gloria". Este debe ser nuestro criterio de elección. La felicidad de ser salvo será la consecuencia de unas elecciones bien tomadas. Así que, y esto es preciosísimo, salvando me salvo. El círculo se cierra otra vez.

viernes, septiembre 10, 2004

PRINCIPIO Y FUNDAMENTO

Los Ejercicios Espirituales comienzan con una meditación sobre lo que Ignacio llama Principio y Fundamento. Dice en éste:

"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados."
1. Fui creado para cantar las maravillas de la existencia, referir todo a mi creador y, finalmente, reflejar su gloria. Este cántico feliz que trae, expone, devela la gloria del Creador es mi tarea. Además es el medio para una consecuencia feliz: mi salvación. Es decir, el camino para la salvación es uno en el cual mi vida en todas sus facetas resplandece y habla de una gloria remitida a Dios. Nada menos que eso es el deseo de Dios para mi: que yo brille con su luz. Queda en evidencia y se propone de inicio lo bueno que es mi creador al brindarme un camino alegre, rico y abundante para mi salvación.

2. La bondad de mi Dios para conmigo es mayor aún según Ignacio. Tan lejos llega, que todo el mundo y lo que en él habita ha sido creado para ayudarme a mi fin. Esto es una declaración inmensamente poderosa y potenciadora. Todo existe para servirme. Con ésto el "y vió que era bueno" del Génesis se despliega ante mi como una realidad concreta y verdadera. El mundo y lo que hay en él es bueno. Cabe una advertencia sin embargo: no todo es necesariamente bueno y conveniente para mi propósito particular. Es por tanto mi responsabilidad, como ser libre, discernir qué ayuda y qué estorba mi salvación. El uso que hago de las cosas es por tanto lo que debo determinar. Mi responsabilidad es tomar buenas elecciones para vivir "salvado" y participar en la plenitud de mi creador.

3. Este planteamiento inicial, este pre-supuesto, es bellísimo. El hecho de postular de entrada y establecer como base que yo fui creado para mi propia salvación me parece extraordinario. Significa que éste que me creó deseó mi bienestar al concebirme y que fue mi bien parte integral de su proyecto para mí. Este Dios que concibe Ignacio, me lanzó desde la generosidad. Por tanto, me imagino a este Dios tejiéndome con infinita estima para luego arrojarme con sutileza hacia un destino bueno, un horizonte de felicidad donde se encuentra nuevamente el mismo Creador. Es decir, asumo como mio este bondadoso creador y de igual modo su designio positivo para mi. Entonces digo que yo fui producto, consecuencia, engendro, de una intención amorosa, que se cierra, o vierte sobre si misma, en el círculo de lo que Ignacio llama "salvación".

4. He de pedir la gracia de hacerme indiferente a tal punto que sólo haga uso de "las cosas" en tanto sean buenas para mi salvación. Deseo dejar entrar a mi vida (personas, actitudes o cosas) sólo aquello que "me salve".